Como músico, es un privilegio sentir y compartir la belleza de la música con otras personas. Como profesor, inspirar a mis alumnos a que busquen y creen esa belleza en todo lo que vivan y hagan.
Esta es una lección que tardé tiempo en integrar: si alguien está comprometido con su aprendizaje y no aprende, el problema nunca es suyo. El aprendizaje es cosa de dos.
Y es que mis inicios en el violonchello, estuvieron marcados por dos cosas: una enorme ilusión por aprender… y la frustrante y dolorosa sensación de que el proceso era una batalla permanente.
Recuerdo las horas infinitas de estudio, los bloqueos y tensiones corporales, la repetición de los ejercicios miles de veces sin éxito, los miedos y la confusión que cada vez ganaban más terreno…
Siempre con la sensación de que el problema era yo, que no sabía seguir y comprender las directrices que me daban.
En definitiva, con la sensación de que era un completo inútil.
Cuando ya empezaba a sospechar que mis primeros años de carrera habían estado dominados por una mala enseñanza (qué digo mala, nefasta), la vida me puso delante la “escuela” definitiva:
Empezar a dar clases a otros estudiantes de violonchello, de diferentes niveles y edades.
Fue entonces cuando pude observar que muchos de ellos venían de los conservatorios y escuelas.
Se repetía el mismo patrón una y otra vez.
Alumnos sumamente comprometidos, pero que habían recibido una enseñanza genérica que ni les servía para su proceso de aprendizaje individual, ni sabían cómo aplicar.
Así que empecé a hacerme preguntas, muchas.
Y aprendí a leer el sentir y los pensamientos que se escondían como ladrones tras los gestos corporales de cada alumno, minando su confianza e impidiéndoles crecer con un aprendizaje sano.
Estudié otras metodologías pedagógicas, me adentré en el proceso de conocimiento humano, profundicé en una nueva mirada hacia la enseñanza…
Y no solo me redescubrí como músico y recuperé la confianza:
También supe que ser profesor formaría parte de mi vida a partir de entonces.
Era necesario contribuir a desarrollar otra forma de enseñar mucho más sana, comprometida y respetuosa con las necesidades y procesos de cada alumno.
A través de una larga búsqueda personal y profesional para comprender los procesos de aprendizaje, he podido hacerme cada vez más consciente de la importancia de relacionar los aspectos técnico-musicales con nuestras vivencias, pensamientos y procesos corporales.
No se puede separar: tu desarrollo evolutivo como estudiante de violonchelo y como persona van de la mano.
Por eso, para mí es esencial conocer como persona al alumno que tengo delante.
Qué está viviendo, cómo piensa, cómo siente, cómo se mueve…
Con toda esa información, puedo acompañarle de la forma y con los tiempos que necesita, respetando su situación y su proceso evolutivo.
Ayudándole, a la vez, a desarrollar fortalezas que podrá llevar el resto de su vida.
Mi misión como profesor, es asegurar una enseñanza consciente que fomente el disfrute y la comprensión de los procesos que se van dando en cada fase del aprendizaje.
Que los alumnos aprendan a relacionar lo que ocurre en el exterior (en su cuerpo, en el sonido, en la música que hacen…) con su vivencia interior.
Que desarrollen la capacidad de escuchar(se), observar(se) y describir el mundo y sus experiencias de una manera objetiva,
Para que, desde ahí, puedan aprender a construirse no solo como músicos, sino como personas autónomas y con confianza en sí mismas.
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